Falleció Carlos García Miranda

Carlos García Miranda rindiendo homenaje a César Vallejo este abril.

Ayer, mientras los twetts y los mensajes de FB sobre la muerte de Carlos Fuentes copaban la red, se filtró un mensaje urgente pidiendo donantes de sangre para el escritor y profesor de la UNMSM Carlos García Miranda. Hoy amanecimos con la noticia de su lamentable muerte.

La Casa de la Literatura Peruana anuncia que su muerte se debió a problemas de salud (no especificados) y da el lugar del velatorio. Da una suscinto recuento de su vida. Sin embargo, en Wikipedia podemos encontrar algunos datos extras, en especial de dos concursos literarios extranjeros donde fue finalista, en uno, y ganó en el otro gracias a un par de cuentos.

La carrera literaria de Carlos García Miranda, quien muere a los 44 años, se inició con el triunfo en los Juegos Florales de San Marcos gracias a su libro de relatos Cuarto desnudo. Luego publicaría una novela, Las puertas, en el año 2000. Varios cuentos suyos aparecieron en antologías del extranjero. También publicó recientemente un ensayo sobre la obra de Antonio Gálvez Ronceros: Utopía negra. Identidad y Representación culturale en la narrativa negrista de Antonio Gálvez Ronceros

No podemos dejar de lado su tarea de animador cultural, tanto en los diversos talleres de creación literaria que dirigió como a través del sello editorial Dedo Crítico bajo el cual, junto con compañeros de universidad, publicó revistas literarias y auspició a autores jóvenes con sus publicaciones. Por otro lado, la investigación literaria fue una de sus principales obsesiones y actualmente era candidato a doctor por la Universidad de Salamanca. Como fruto de esa pasión por la investigación literaria queda su blog El peso de la pluma.

En Fictica pueden encontrar tres relatos del autor.

En el blog Decadaesencia aparece una reciente entrevista al autor, por parte de Elías Nieto Raymundo.

Descansa en paz, Carlos, y mis condolencias a su familia, sus amigos y alumnos.    

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Los escritores también hacen el tonto

Las llamadas “fotinskis” de Daniel Mordzinski siempre traen algún hallazgo. He sido testigo muchas veces, desde el Bogotá39, de cómo las toma y de cómo convence a sus retratados para hacer cosas -desde una mueca hasta quedar desnudo- que uno jamás haría sin el poder para convecerte de Daniel. Pero, desde luego, no es el único que tiene ese poder. En un blog muy interesante (lleno de listas, mis favoritos) llamado Flavorwire he encontrado este artículo: Extremely Silly Photos of Extremely Serious Writers. Son 15 fotos y la mayoría muy divertidas.

Aquí dejo mis seis favoritas:

Susan Sontag disfrazada de oso. Foto: Annie Leibovitz

Mark Twain juega billar muy serio y concentrado.

Tom Wolfe y Kurt Vonnegut convertidos en salvavidas.

Eudora Welty riega su jardín desde su silla.

Hemingway pateando una lata de cerveza. 1959. Foto: John Bryson

Marcel Proust rasga una raqueta como si fuera una guitarra (1892)

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El adiós a Carlos Fuentes

Atáud ingesa a Bellas Artes. Foto: Pradid j. Phanse

Con un homenaje en Bellas Artes, del cual participaron Silvia Lemus, intelectuales, escritores y políticos mexicanos, se despidió a Carlos Fuentes.

Aquí la nota de Salvador Camarena en El País:

Silvia Lemus, compañera de Fuentes, presidió el homenaje donde se volcó el cariño de la comunidad intelectual mexicana, congregada en el vestíbulo del recinto para evocar al escritor “que hizo más grande el tiempo mexicano”, como definió al abrir la ceremonia Consuelo Sáizar, presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, quien agregó: “difícilmente podríamos entendernos sin Carlos Fuentes”.

Sáizar, máxima funcionaria de la cultura de este país, agregó que el escritor nacido en 1928 “nos enseñó a deletrear a la nación”, y al reconocer que “seguimos estremecidos” por el deceso, expresó “no venimos a decir que Fuentes se ha ido, sino que nos hemos quedado sin él”.

El presidente Felipe Calderón —“con profunda admiración y gratitud”—, dijo al cerrar el tributo que Fuentes llenó “a México y a nuestras letras de orgullo”. El gobernante sentenció: “Ni sus pensamientos, ni sus libros, ni su crítica morirán jamás. Vivirá en sus obras, en sus palabras. Carlos Fuentes ha muerto para ser amado mas”, resaltó luego de enumerar libros y premios del homenajeado.

“Fuentes encarnó la idea de llevar México al mundo y traer mundo a México”, dijo su amigo Federico Reyes Heroles al tomar la palabra. Por su parte, Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno de la capital mexicana, y también orador en el homenaje, señaló que Fuentes fue un “militante de México, un apasionado sobre su futuro. Sus últimas reflexiones eran sobre el nuevo milenio, sobre cómo hacer un México más justo, le indignaba la escandalosa desigualdad”, mencionó el gobernante de la ciudad capital. “Tu pasión y militancia seguirá entre nosotros. Carlos se queda con nosotros y siempre estará en el alma mexicana”, agregó Ebrard.

(…)

De los amigos de escritor se encontraban presentes el pintor José Luis Cuevas, el político y diplomático Porfirio Muñoz Ledo, el empresario y filántropo Manuel Arango, y los escritores Enrique Florescano, Rafael Pérez Gay, Víctor Flores Olea, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta, Felipe Garrido, Laura Esquivel, Eduardo Matos Moctezuma, el rector de la UNAM José Narro Robles, el presidente y la directora de la feria internacional del Libro de Guadalajara Raúl Padilla López y Nubia Macías, entre muchos otros.

Durante el homenaje, el chelista Carlos Prieto interpretó una pieza de Bach, que llenó de solemnidad un recinto en donde destacaban las coronas de flores, una de ellas enviada por la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner.

Luego de la ceremonia protocolaria, que duró menos de una hora, se permitió el ingreso a Bellas Artes de cientos de personas que esperaban al rayo del sol su turno para desfilar ante el féretro del escritor “mundialmente reconocido”, como dijo doña Rosario Espíndola, una lectora que siguió a Fuentes desde que en su juventud leyera La región más transparente (1958).

En el ambiente del homenaje, que seguro Fuentes hubiera encontrado un tanto serio, quizá porque nadie se ha repuesto de la sorpresiva muerte del escritor, flotaron las palabras del propio autor de En esto creo (2002), libro del cual el presidente Calderón leyó un pasaje: “Creemos que la muerte de hoy dará presencia a la vida de ayer. Con Pascal repetimos: “Nunca digas ‘lo he perdido’. Mejor di: ‘lo he devuelto’”. Piensa que es cierto. Hay quienes mueren para ser amados más”.

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Jed Rubenfeld reseñado

carátula del libro

La novela policial del norteamericano Jed Rubenfeld, La pulsión de la muerte, publicada por Anagrama, ha sido reseñada en Radar Libros por Laura Galarza. “Estados Unidos ama olvidar el pasado. Y mi novela es un ejemplo de esto” ha dicho el autor sobre su libro, que empieza con un atentado en el bajo Manhattan.  

Dice la reseña:

La pulsión de muerte, al igual que su anterior (La interpretación del asesinato, 2008) arranca con un suceso real. Esta vez, la explosión de una bomba en el bajo Manhattan, entre la banca JP Morgan y el Tesoro, el 16 de septiembre de 1920. Un hecho que causó numerosas muertes y nunca fue esclarecido. “Cuando empecé a investigar el ataque de 1920, me tenía que decir que no leía sobre septiembre de 2001. Pensé que estaba frente a una ficción, porque nunca había oído hablar de ella. Y los acontecimientos posteriores fueron muy similares a los terribles hechos del 11-S. Se asegura que el mundo nunca sería igual. El gobierno aprobó interceptar y grabar conversaciones, se detuvo a extranjeros, se les torturó, se les deportó”, comenta Jed Rubenfeld, un jurista experto en Derecho constitucional, graduado en Harvard y, a la vez, un gran estudioso de la obra de Sigmund Freud.

Los personajes de Rubenfeld son los mismos que en su anterior novela, sólo que vuelven a encontrarse diez años después: Jimmy Littlemore, el detective justiciero al estilo Sherlock Holmes, y su coequiper en la lucha contra el mal, Stratham Younger, cirujano y amigo personal de Freud. Littlemore, por la mano contraria al FBI (que en 1944 informó de manera oficial que el atentado había sido “obra de anarquistas o terroristas italianos”) investiga las conexiones internas. Hasta concluir que el objetivo final del atentado era validar una invasión a México y apropiarse de sus pozos petroleros.

Mientras tanto, Younger va por el mundo detrás de su enamorada, que no le corresponde, Colette Rousseau, una joven discípula de Madame Curie y misteriosamente perseguida por gente que quiere matarla. Ellos dos se conocen en el frente: Colette conduce uno de los camiones de radiología de Curie hasta los puntos de combate, lo que permite detectar dónde tienen alojadas las balas los soldados y extirparlas, antes de que desparramen su tóxico y los maten. En dosis justas y entretenidas se van alternando las persecuciones y los tiroteos dignos de una película de acción, con esta historia de amor poco convencional entre dos que tienen un mismo deseo: curar a un mundo enfermo y devastado por la guerra y la injusticia.

Sigmund Freud aparece como un personaje secundario, pero sin embargo definitivo para el sentido de la novela, haciendo posible una lectura que resuene en otro lado, que levante cabeza por sobre la historia de policías y ladrones. Freud va a ser el analista del hermano de Colette, un niño que enmudece cuando desde un escondite ve cómo los nazis matan a sus padres. “Su hermano tiene algo que decir, a consecuencia de lo cual no dice nada”, diagnostica Freud. Y este dicho, como todos sus dichos en la novela (que Rubenfeld asegura haber extraído literalmente de obras, documentos y cartas) van a interpelar a un país y, por qué no, a un mundo y a sus hombres, que eligen edificar sobre el silencio.

Es una apuesta que Rubenfeld convalide al psicoanálisis en un país más conocido por impulsar las teorías positivistas, que sostienen que la voluntad, y no el inconsciente, gobierna los actos humanos. (…) Es lo que Rubenfeld hace todo el tiempo: usar el elemento histórico y envolverlo en ficción.

Así nos enteramos, también, de que en la realidad el atentado coincidió con un traslado de casi mil millones de dólares en oro y que Estados Unidos siempre negó haberlos perdido. Que obreras que pintaban esferas de relojes con radio y “afilaban” sus pinceles con la boca terminaron tan envenenadas que sus cuerpos se iluminaban en la oscuridad. Que miles de soldados murieron en vano el 11 de noviembre de 1918 porque siguieron luchando después de que sus jefes ya conocieran el armisticio que puso punto final a la guerra. Que en 1941 Viena intentó obligar a los judíos a que se convirtieran y que alrededor de unos mil se refugiaron en una sinagoga y al cabo de tres días la prendieron fuego con ellos adentro. Todo eso va contando Rubenfeld de manera entretenida, punzante y documentada. Como esos buenos profesores de historia que uno habría ansiado tener: los que enseñan sin alardes y te clavan el aguijón de querer saber más.

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La incómoda figura de Carlos Correas

Carlos Correas

Se suicidó en el 2000, aquejado de problemas económicos y mal de salud. En los últimos años de su había dejado la homosexualidad porque “me horrorizaba ser un puto de cincuenta o sesenta años”. El escritor argentino Carlos Correas fue una figura incómoda para la literatura de su país desde que en 1959 un cuento suyo, con temática homosexual, terminó en tribunales. Jornadas y reediciones lo recuerdan en Argentina. Y también lo recuerda Carlos A. Maslaton para Revista Ñ.

Dice la nota:

Correas retorna, múltiple, en la recopilación de las jornadas que se le dedicaron en mayo de 2009 en la Universidad Nacional de General Sarmiento (impulsadas por su amigo Eduardo Rinesi), reunidas en el volumen Decirlo todo: escritura y negatividad en Carlos Correas ( 2011), en la reciente publicación del inédito Los jóvenes (Mansalva, 2012), –un texto de 1952 cuya escritura precede a La narración de la historia y que fue preservado por su amigo Bernardo Carey–, y en Ante la ley (El relato prohibido de Carlos Correas) (2012), el documental –estrenado en la edición 2012 del Bafici– que filmaron Pablo Kapplenbach y Emiliano Jelicié apostando a reconstruir la vida del escritor a través de los testimonios de amigos y colegas –Ricardo Piglia, Edith Elorza, Oscar Traversa, Emilio de Ipola, Horacio González, Jorge Lafforgue, Tomás Abraham y Liliana Lukin, entre otros–, entrecruzados con la investigación sobre el proceso por obscenidad que mereció uno de sus primeros cuentos.

Nacido en Buenos Aires en 1931, Correas impuso su salida del anonimato con un escándalo desproporcionado. En diciembre de 1959, la publicación del relato La narración de la historia en la revista académica Centro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires detonó una reacción judicial que culminó en una condena de seis meses de prisión en suspenso tanto para Correas como para Jorge Lafforgue, director de la revista. El cuento reflejaba un recorrido por los suburbios de Buenos Aires, y el fugaz vínculo erótico entre un joven de clase media y un adolescente marginal. Era, en definitiva, un entrecruzamiento de lo social y lo sexual a través de los recursos de la ficción. El diario La Nación publicó un editorial denostándolo, e incluso “los sectores de la izquierda, que eran claramente homofóbicos, consideraron que el texto era repugnante”, cuenta Juan José Sebreli en el documental de Kapplenbach-Jelicié.

En una entrevista publicada en la revista El ojo mocho, en 1996, Correas recuperaba aquel suceso controversial: “El episodio fue una cosa política, y además, moralista, religiosa, católica. (…) Ocurrió esto: el cuento salió publicado en Centro. Y fue en un principio resistido porque había un comité de dirección en la revista. El director era Lafforgue. Y había un comité de dirección… Estaba Celia Durruty, a la que yo le dediqué el cuento como una especie de estrategia. Como era un cuento de tema homosexual. Evidentemente, ahí le pegué con esa estrategia porque el fiscal estaba muy sorprendido de que un cuento con tema homosexual fuera dedicado a una mujer. Pero yo lo hice a propósito, para crear, así, una especie de desconcierto. (…) Y se sorprendió, el fiscal. Y pasaron como unos seis meses. Simplemente, del cuento, recibía comentarios: nada más. Y en mayo, junio, de 1960, un fiscal de la época que se llamaba Guillermo de la Riestra inicia la querella, como ‘publicaciones obscenas’. Con el artículo 128 del Código Penal. Entonces, hizo intervenir a un juez, un juez que creo que se llamaba Boero. Bueno, el juez leyó el cuento y entonces procedió.(…) La condena fue condicional. Lafforgue y yo seis meses, en libertad condicional. La máxima prevista por el código era un año, así que nos castigaron bastante”.

(…)

Su libro más célebre, y que supuso su retorno a la circulación pública tras el polémico La narración de la historia, fue La operación Masotta. Allí recupera, a través de su escritura acerada, su vínculo intelectual, amoroso y político con el psicoanalista Oscar Masotta con quien, junto a Sebreli, conformaron un trío de jóvenes “anti-antiperonistas” nucleados en el círculo de la revista Contorno, cofradía luego quebrada por divergencias en los derroteros culturales y políticos que cada uno asumió. “ La operación Masotta es el intento descarnado por apropiarse de una biografía para construir un aparato crítico donde la vida y la obra poseen el mismo estatuto cognoscitivo. Aquí, la identidad de la primera persona no esconde su voluntad narcisista y caníbal: Correas deglute la vida de Masotta y la escupe como autobiografía”, sostiene Jelicié.

La reciente publicación de Los jóvenes (Mansalva) –que contiene la nouvelle inédita que da título al libro junto con “La narración de la historia”, “Las armas tiernas” y “Algo más sobre mi caso”– forma parte del proceso de recuperación de visibilidad de la narrativa de quien está considerado el introductor de la temática homosexual en la ficción argentina, y precursor nunca reivindicado de autores como Osvaldo Lamborghini, Copi, Manuel Puig o Néstor Perlongher. Pensar a Correas como la encarnación de la vanguardia queer nacional supone concederle una preeminencia que a Francisco Garamona, editor de Mansalva, parece no interesarle: “Creo que lo queer es una cuestión dada más bien por los estudios académicos, ya que a la hora de pensar cómo se escribió Los jóvenes, no creo que el autor pensara en eso, sino que seguía una corriente que era vital y de ruptura, anterior a todo tipo de clasificación y de normalización, que siempre son ajenas al deseo de obra y de vida”, afirma. (…) Tras la sanción judicial por un texto que era mucho menos explícito en su carácter transgresor, Correas decidió, atinadamente, que esta nouvelle quedara en manos de su amigo Carey hasta que las condiciones de recepción estuvieran menos signadas por la moralina que entonces impregnó a la Argentina de los años en que el relato fue escrito. “Cuestiones de género y sexualidad, como son tratados en la obra de Correas, tienen hoy mejores lectores que los que él tuvo en otro momento: los ambientes académicos, inclusive los más progresistas, siempre tuvieron resistencia a trabajar sobre esos temas, porque siempre sostuvieron que las determinaciones sociales y económicas eran lo central en los vínculos sociales, mientras que las cuestiones de género eran valoradas como algo secundario”, explica Muslip, en relación a por qué hoy este corpus ensayístico y narrativo puede aspirar a un destino de circulación mucho más venturoso que el que obtuvo en el pasado.

“Se trata de una figura incómoda, nunca del todo asimilada, que a un tiempo se regodea con esa marginalidad y a la vez la vive como una tragedia, pero que en definitiva se autoconstruye desde la brutalidad de un razonamiento hostil y paranoico respecto de los otros y de sí mismo, con alcances que no son para nada convencionales”, sostiene Kapplenbach sobre Correas.

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Invadir EEUU con libros

Feria del Libro en Los Ángeles

“Creo que ésta es una avanzada en la estrategia de América Latina de invadir EU con libros” dijo Sergio Ramírez al inaugurar la 2da Feria del Libro en Español de Los Ángeles. Autores y editoriales tratan de ser parte de esa avanzada denominada LéaLA.

Dice la nota:

La Feria del Libro en Español de Los Ángeles (LéaLA) abrió ayer las puertas de su segunda edición con la que aspira a consolidarse como un referente cultural en Estados Unidos en el mercado literario para la población hispanohablante.

Autores como los nicaragüenses Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez y mexicanos como Enrique Krauze y Xavier Velasco se dejaron ver por los pasillos del Centro de Convenciones de la urbe californiana donde se presentaron primicias como Sam no es mi tío, un compendio de crónicas migratorias escritas por autores latinoamericanos.

La ceremonia de inauguración estuvo presidida por el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, junto con numerosas autoridades mexicanas y representantes de la Universidad de Guadalajara, institución organizadora del evento.

Villaraigosa recordó que el 48 % de los habitantes de la ciudad tiene raíces hispanas y defendió la importancia de una feria como LéaLA porque muchos residentes de origen hispano “no hablan español”.

Se esperan 70,000 visitantes a la feria desde ayer y hasta el domingo, día en el que concluye la edición 2012, que aumentó por cinco su tamaño con respecto al año anterior debido a una respuesta de público que rebasó las expectativas.

Editoriales como Santillana, Tusquets, Random House o Planeta son algunas de las 185 empresas del sector participantes, un 31.2 por ciento más que en 2011, y han sido invitados más de 130 autores de EU, Latinoamérica y España.

“Creo que ésta es una avanzada en la estrategia de América Latina de invadir EU con libros, la lengua española es muy invasiva, ya lo ha probado en los Estados Unidos donde se ha convertido en la segunda lengua detrás del inglés y una feria como ésta demuestra la vitalidad que tiene la literatura en español”, dijo Sergio Ramírez, ganador, entre otros, del Premio Alfaguara de novela.

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Una corbata que era una llamarada

Este es el post que escribí hoy en mi blog “Vano Oficio” del diario El País sobre la muerte de Carlos Fuentes.

Foto: Luis Ramírez

En una encuesta que, hace unos años, realicé en mi blog Moleskine Literario pregunté por la novela del Boom que peor había resistido al paso del tiempo. La ganadora fue Terra nostra de Carlos Fuentes. No me resulta extraño sino, al contrario, bastante consecuente que uno de los primeros narradores contemporáneos de América Latina, quien revolucionó la novela en su país y quien de algún modo diseñó la idea del escritor-boom, un profesional dedicado a escribir a tiempo completo y comprometido políticamente, se convierta unas décadas después en un anacronismo.

Lo resume muy bien el escritor mexicano Alvaro Enrigue en el Twitter: “Nadie más se va a atrever a escribir un libro como Terra Nostra, y nadie se atrevería a publicarlo.”

Ahora que leo incontables necrológicas, en diversos países y medios, y veo en casi todas ellas la edad del escritor (83 años) me parece imposible. No solo porque se le veía más joven que esa edad, sino porque era tremendamente inquieto. Estuvo en Madrid presentando su ensayo sobre la nueva narrativa latinoamericana, a principios de año fue al Hay Festival de Cartagena y hace unas semanas en la Feria del Libro de Buenos Aires. Y en una entrevista que se publicó hace un par de días en “El País”, comentaba que había entregado una novela a sus editores y que el lunes (un ahora improbable lunes) iba a empezar a redactar una nueva obra, para la que había tomado ya suficientes notas.

Ha pasado muy rápido el tiempo, desde aquellos años en que su vitalidad fue fundamental para unir al Boom como un grupo de amigos con proyectos comunes (acogía amigos en su casa, como José Donoso; presentaba agentes literarios a sus pares y vinculaba a unos con otros; y luego, cuando era un escritor consagrado, apoyó a muchos jóvenes y comentó sus obras con una curiosidad insaciable, aunque no exenta de fobias, como Roberto Bolaño, a quien sabe dios por qué nunca quiso leer) hasta este momento en que lamentamos su muerte. El único gesto, que no pasó desapercibido para mí, fue que en la Feria del Libro de Buenos Aires se presentó sin corbata. ¿Carlos Fuentes sin corbata? Eso era imposible. Fuentes y las corbatas de seda italiana eran un clásico del Boom literario. Incluso fue motivo de una divertida parodia de César Aira en El congreso de literatura. Y Vargas Llosa, en un temprano artículo de 1967 en la revista Caretas, dijo: “(…) llevaba barba y un paraguas, botas, una larga casaca de terciopelo verde con cuatro pares de botones, y una corbata que era una llamarada.”

Pero ahora, en Buenos Aires, no llevaba corbata. Debí entender que eso significaba algo, un anuncio, una señal de que la llamarada se estaba apagando. Los años, nuestros años, no eran más los de corbatas de seda. Las corbatas son otro anacronismo. Aquello que representaba Carlos Fuentes (un escritor cosmopolita, intelectual, elegante, hijo de diplomáticos, cultísimo, interesado en la política mundial y en el futuro de México -frente al cual se mostraba apocalíptico en sus novelas- y con una vida pública donde se barajaban los amores con actrices, las muertes trágicas de sus hijos y el amor incondicional de su última esposa Silvia Lemus) parecía instalado en el pasado, un protagonista viviente del museo de cera donde los escritores tenían fe en la novela total, escribían novelas complejas donde intentaba resumir lo mitológico, lo actual, lo interior y lo exterior, el lenguaje de vanguardia con el relato fantástico clásico, el amor y la ideología, la Historia con el arte pop, y donde siglos podían transcurrir en pocas páginas.

Ningún escritor latinoamericano era tan versátil y, además, tenía tanta ambición. Una ambición desmedida, que establecía alambicadas relaciones entre sus libros, como si en realidad no quisiera redactar obras literarias sino construir un complejo mosaico sin límites ni bordes, donde todo debía encajar, donde novelas como la temprana La región más transparente engarzaba con el cuento más olvidado, y obras históricas con novelas autobiográficas.

No, ya no hay escritores así. Cada uno de sus rasgos se han atomizado y dispersado y el cosmopolita ya no es ambicioso, el ambicioso no es elegante, el elegante no es tan culto, el culto no tiene historias de amor con actrices. Pero uno que reúna todas esas condiciones en sí mismo, de esos no hay más.

Alguna vez leí que Fuentes se decepcionaba cuando alguien le decía que había terminado de leer Terra nostra. Era un libro para vencer a sus lectores, para superarlos, no para apañarlos y entretenerlos. Y pienso que sí, en efecto, era un libro para darse por vencido. Por ello me pregunto: ¿cuántos de aquellos que votaron en la encuesta de mi blog contra él habían terminado de leerlo? Muy pocos.

Tengo ante mis ojos mi vieja edición de Cambio de piel, de letra minúscula, en la que empecé subrayando párrafos y terminé destacando páginas enteras. Tengo esa nouvelle perfecta llamado “Aura”. Tengo La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Terra nostra, Zona sagrada. Tengo la novela que le dedicó a su amante, la frágil Jean Seberg, Diana o la cazadora solitaria. Y estoy seguro de que tengo más libros de Carlos Fuentes en mi caótica biblioteca. Libros llenos de polvo, que compré y no leí, o que leí y no pensé en volver a leer más.

Es un uso común decir, cuando muere un escritor, que el mejor homenaje es leer sus libros. Pero esta vez, pienso, no deberíamos apresurarnos en asfaltar el infierno ya bastante empedarado. Pasemos mejor al hecho. Es decir, leamos o releamos esos libros ambiciosos que Carlos Fuentes escribió para retarnos y, sobre todo, para retar al tiempo.

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Vargas Llosa, entre otros escritores, lamentan la muerte de Carlos Fuentes

Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez.

La inesperada muerte de Carlos Fuentes ha dejado consternados a todos. Primero por el Twitter, luego por el Facebook y ahora a través de los diversos medios on-line vamos enterándonos de algunas frases que sus amigos, editores y lectores dejan escritas para lamentar la muerte de uno de los escritores fundamentales del Boom latinoamericano, y del castellano incluso. El primero en pronunciarse ha sido Mario Vargas Llosa, quien declaró:

Acabo de enterarme de la muerte de Carlos Fuentes y me ha dado mucha pena. Con él desaparece un escritor cuya obra y cuya presencia han dejado una huella profunda. Sus cuentos, novelas y ensayos están inspirados principalmente por la historia y la problemática de México, pero él fue un hombre universal, que conoció muchas literaturas, en muchas lenguas, y que vivió de una manera comprometida todos los grandes problemas políticos y culturales de su tiempo. Fue siempre un gran promotor cultural y trabajó incansablemente por unir a los escritores y lectores de nuestra lengua a ambas orillas del Atlántico. Era un gran trabajador, disciplinado y entusiasta, y al mismo tiempo un gran viajero, con una curiosidad universal, pues se interesaba por todas las manifestaciones de la vida cultural y política y escribía sobre todo con brillantez y buena prosa. No solo sus amigos sino también sus muchos lectores lo vamos a extrañar.

Aquí otras reacciones recogidas por El País:

JUAN GOYTISOLO. Carlos Fuentes ha muerto en la plenitud de sus dones. La suya ha sido una vida tan intensa y tan rica que solo puede producir admiración. Estoy muy afectado. Me es imposible hablar en este momento y resumir lo que son 60 años de amistad. He seguido con atención toda su obra y he escrito ensayos sobre una docena de sus libros, en especial sobre Terra nostra, para mí, su obra maestra y una de las mejores novelas en lengua española de todos los tiempos.

ANTONIO GAMONEDA. Una vez mantuvimos una conversación en un hotel de Gran Vía, y otra en la Residencia de Estudiantes, donde teníamos una conferencia. Y lo estimaba como escritor, tenía una visión crítica acercadamente crítica de las circunstancias sociales y políticas tanto de su país como de España. Creo que es una pérdida importante para la literatura en lengua española. Carlos Fuentes fue en cierto modo, poco posterior al que llaman boom de la narrativa iberoamericana, era una continuidad seria de ese boom. Era frecuente colaborador en prensa y se apreciaba una unidad de criterio que entre sus colaboraciones periodísticas y las conclusiones subyacían en su obra narrativa.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ: El magisterio de Fuentes es inagotable. Varias generaciones aprendieron con él qué carajos es la literatura latinoamericana. Hablo ahora en primera persona: con él aprendí que esta literatura es lo contrario de la literatura local, y que el novelista latinoamericano se abre al mundo, acepta todas las influencias, devora todos los temas. Aprendí a leer, también: a Cervantes, a los cronistas de Indias, a Broch, a Musil. La obra de Fuentes nos regaló una idea de la ambición, nos mostró que la vocación no es esconderse del mundo, sino llamarlo y transformarlo. Y aprendí la generosidad, que nunca lograré practicar como lo hizo él.

RICARDO PIGLIA. Hay que reconocer su interés en escribir sobre sus contemporáneos. Recuerdo muy bien la impresión que me produjeron los primeros libros de Carlos Fuentes que llegaron a Buenos Aires. En especial su novela La muerte de Artemio Cruz, y posteriormente una nouvelle excelente, Aura, que para los lectores argentinos era un relato muy argentino, en la línea de las historias de fantasmas de José Bianco. Y también recuerdo con admiración los cuentos de su libro Cantar de ciegos. Después, su obra se hizo demasiado prolifica y ya no pude seguirle el rastro. Fue un generoso lector de la literatura en lengua castellana y más alla de las diferencias hay que reconocer su interés en escribir sobre sus contemporáneos (lo que no es habitual entre los escritores). Fuentes concentró en muchos sentidos la imagen clásica del escritor latinoamericano de la que nosotros –es decir los escritores de mi generación- nos hemos distanciado siempre con entusiasmo.

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Beckett, el último modernista

Samuel Beckett

Samuel Beckett es, sin lugar a dudas, después de James Joyce, el gran revolucionario de la lengua inglesa. Sus obras, calificadas dentro del “absurdo” pero que abarcan límites mucho más extensos, ha influido tanto o más que la del propio Joyce. Basta decir que quien es, quizá, el mejor escritor vivo de la actualidad, JM Coetzee, lo leyó con lápiz en mano. Una biografía suya, titulada El último Modernista (uÑa RoTa), por Anthony Cronin, ha aparecido en España. José Andrés Rojo hace la reseña en El País.

Dice:

(…) aparece en España una de las mejores biografías dedicadas a aquel singular caballero, la que el irlandés Anthony Cronin publicó en 1997 y que es, seguramente, la que mejor reconstruye los pasos que fue dando ese “pájaro negro y solitario” hasta que conquistó su propia voz, una de las más poderosas y desamparadas del siglo XX y que le valió recibir el Premio Nobel de Literatura en 1969. Samuel Beckett. El último modernista (La uÑa RoTa, traducido por Miguel Martínez-Lage) empieza por lo más lejano. “Yo tengo un recuerdo claro de mi existencia fetal”, contó Beckett alguna vez. “Fue una existencia en la que ninguna voz, ningún movimiento posible podía liberarme de la agonía y las tinieblas a las que estaba sujeto”. A partir de ahí, va siguiendo meticulosamente sus pasos hasta el día de su muerte, el 22 de diciembre de 1989.

“Tuvo sentimientos encontrados con respecto a su madre, pero tuvo un considerable afecto por su padre”, escribe Cronin. Samuel fue el segundo hijo de una familia acomodada que vivía en Foxrock, un barrio residencial de Dublín, donde nació el 13 de abril de 1906. Tímido, reservado, enfermizo, solitario, no supo llevar bien la rigurosa educación y la extrema frialdad que su madre imponía en casa, de ahí que recordara su estancia en el Portora Royal School, el internado al que fue enviado en 1920, como “los últimos años realmente felices en mucho tiempo”. En aquella institución, chapada a la antigua, fue realmente popular. Le costaba relacionarse con sus compañeros pero triunfó como deportista. Destacó sobre todo en el críquet, pero practicó también el rugby e, incluso, el boxeo. Nadaba estupendamente, jugaba al tenis y al golf, más adelante tuvo una moto. Sorprende que alguien tan volcado en los deportes escribiera posteriormente tan lúgubres diagnósticos sobre la condición humana, como este apunte de un breve texto de 1957: “No, no me arrepiento de nada, lo único que me fastidia es haber nacido, es tan largo, morir, siempre lo he dicho, tan cansado a la larga”.

Ese fue, sin embargo, el tono de su obra: la desolación, un radical pesimismo, la brutal certeza de la ausencia total de cualquier sentido. Todo eso servido, ciertamente, con un peculiar sentido del humor (lo calificaron de “crudo” cuando empezó a publicar). Estudió en el Trinity College de Dublín entre 1923 y 1927 y se licenció en filología moderna. Consiguió una plaza como lector de inglés en la École Normale Supérieure y llegó a París, entonces el centro de las vanguardias, en 1928. Allí conoció a James Joyce, que fue decisivo para su futura dedicación a la literatura. Era tal la proximidad entre ambos escritores, ambos irlandeses y miopes que cuando estaban a solas, cuenta Cronin, “uno de sus principales métodos de comunicación eran los silencios mutuos, como dijera Beckett, ‘dirigidos el uno al otro”.

La vida de Beckett estuvo llena de desplazamientos antes de que se instalara en Francia de manera definitiva a partir de noviembre de 1937, y decidiera unos años después escribir el grueso de su obra en francés. Cronin lo sigue de manera escrupulosa, va dando cuenta de cada una de sus amistades y amoríos, disecciona sus obsesiones, analiza cada nuevo texto que escribe, y muestra el desgarro íntimo que lo acompañó todo el tiempo: liberarse de Irlanda aun cuando llevara clavado su paisaje como un rasgo insoslayable de su mirada. Cultivó los círculos intelectuales de los lugares por los que fue pasando aun cuando nunca formara parte de grupo alguno, fue gran amigo de Giacometti —“los dos eran aves nocturnas y adictos a las caminatas”— y amante, “reticente” según Cronin, de Peggy Guggenheim. Suzanne Deschevaux-Dumesnil, seis años mayor que él, fue la mujer decisiva. “Ella me convirtió en un hombre”, dijo Beckett, “ella me salvó”. Pasaba una época difícil, bebía mucho, no trabajaba, un día fue apuñalado por un proxeneta.

Gracias a la influencia de Suzanne empezó a ser más un ciudadano francés que un irlandés exiliado. En septiembre de 1938 todo el mundo, incluso alguien tan apolítico como Beckett, sabía que habría guerra. Tuvo noticias de la crueldad y la virulencia del antisemitismo nazi y un día decidió saber qué contenía Mein Kampf, el libro de Hitler. Un tiempo después de la ocupación de París, empezó a colaborar con la Resistencia. Cuando terminó el horror que dejó el mundo sembrado de cadáveres fue condecorado con la Croix de Guerre.

“Molloy y todo lo que vino después fue posible el día en que tomé conciencia de mi propia estupidez. Entonces empecé a escribir lo que sentía”, explicó Beckett años más tarde refiriéndose a la primera novela de su trilogía más célebre. La escribió, como otras de sus grandes obras, en un periodo de máxima creatividad, el que va de los años 1946 a 1950.

Esperando a Godot fue la obra que lo encumbró y le permitió llevar su universo de seres abandonados y perdidos al gran público. “El cuaderno escolar en el que se escribió a toda velocidad y sin apenas enmiendas lleva la fecha del 9 de octubre de 1948 en la primera hoja y del 29 de enero de 1949 en la última”, cuenta Cronin. A partir de entonces, siguió escribiendo de manera infatigable, pero los cimientos de su literatura eran ya inconmovibles. Todavía tuvo un gran amor (Barbara Bray) aunque siguió con Suzanne, y, claro, no dejó de beber. Cuando le otorgaron el Nobel en 1969 lo consideró “una catástrofe”. Nunca le había interesado ese tipo de gloria.

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Esta semana aparece el Premio Alfaguara

Leopoldo Brizuela

“Si me hubieran llamado a declarar, pienso. Pero eso es imposible. Quizá, por eso, escribo.” Ese es el primer párrafo de la novela Una misma noche de Leopoldo Brizuela, ganadora del premio Alfaguara 2012 de novela, y que esta semana entrará en librerías.

Aquí está la carátula:

El blog Papeles perdidos hace un adelanto en PDF.

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