Tiempo de vals

TERAPIA DE GRUPO de Dany Salvatierra

Publicado: 2010-10-26

RESEÑA SIN PLUMAS

por Luis Hernán Castañeda

UNA ESCRITURA DE CRUELDAD Y PERVERSION

En una conversación que mantuvimos hace algunos meses, Dany Salvatierra, autor de uno de los libros de cuentos más singulares de los publicados este año en el Perú, hizo un comentario casual que me reveló, de golpe, su poética de lectura y escritura. Me tomo la libertad de recrear esa declaración: “Confieso que prefiero esas historias en las que los personajes sufren un gran dolor físico, emocional o de cualquier otra índole, pero continúan actuando y expresándose normalmente, como si en realidad no sintieran nada”. Aunque lo parezca, esta preferencia a la vez sádica y piadosa no implica una perogrullada: si bien es una verdad aceptada por todos los lectores, al menos los cuerdos, que los personajes literarios no sienten ni razonan como los seres humanos, también es cierto que la abrumadora mayoría de los seres artificiales que circulan por las páginas de los cuentos y novelas que gozan hoy en día de mayor popularidad, están construidos imitando cierta imagen, históricamente determinada, de la especie de sus creadores.

 En la literatura moderna, la razón ilustrada y la pasión romántica suelen configurar un particular modelo de “hombre” que subyace a la representación ficcional de los seres humanos. Esta representación puede ser calificada como realista cuando la ficción incorpora, además, la premisa de que los seres humanos somos entidades constituidas a todo nivel, y en primer término, por fuerzas socioeconómicas que adquieren formas específicas en diferentes puntos del devenir histórico. Por supuesto, hay excepciones que se salen del paradigma realista y lo cuestionan: pienso en la prosa del barroco español, en la novela vanguardista de las primeras décadas del siglo XX, en el posmodernismo: tres momentos ejemplares de crisis del lenguaje.

Situarse lejos del realismo, como lo hacen los cuentos de “Terapia de grupo”, no es un gesto elogiable en sí mismo, como sí lo es la capacidad de edificar un mundo ficcional que además de marcar su distancia frente a la poética realista, logra sustentar su apuesta sobre bases sólidas. Encuentro que el libro de Dany Salvatierra sale bien librado de la apuesta que asume, pues no se limita a repetir la tarea iniciática de los vanguardistas: el texto pone en marcha una deshumanización, sin duda, pero la complementa con un proyecto “transhumanizador”, término del crítico italiano Renato Poggioli que designa una recreación de lo humano: en estos cuentos la materia del cuerpo, la misma carne humana, es puesta en escena como materia verbal y como carne de las palabras.   

En “Terapia de grupo” impera una (in)sensibilidad cómico-grotesca, que convoca las fábulas truculentas de Chuck Palahniuk. Obsesiva y recargada, la prosa posee giros de grandilocuencia irónica que hacen pensar en una versión bufa del estilo de Gabriel García Márquez. El resultado es un puñado de cuentos en los que la perversión sexual y la crueldad gratuita aportan lo central de las anécdotas. Los narradores de estos cuentos, afectados por una propensión maniática a consignar la totalidad de las acciones que componen una escena -podría hablarse de un impulso cinematográfico-, narran con un desapego y una frialdad mundanos -uno piensa en la herencia de Mario Bellatin- un conjunto de atrocidades, aberraciones, violaciones y otros actos de violencia extrema sólo concebibles dentro de un imaginario psicopatológico de raigambre pop, abigarrado, colorido, superficial y espectacular, que desdeña el patetismo y tampoco busca provocar ni escandalizar: de hecho, está más allá del escándalo.

Me gustaría visitar algunos momentos iluminadores de los mecanismos de esta escritura de la crueldad y la perversión. En “Diálogo del estanque”, el primer cuento de la docena del volumen y un relato que presenta, a mi juicio, ciertas resonancias de Virgilio Piñera, Rosario es una solterona insatisfecha que vive con su madre, a la que odia a muerte -literalmente- y sin sombra de remordimiento. Aunque la hija intenta quemarla viva dentro de su casa, con todos sus enseres y pertenencias, la recia anciana sobrevive, pero con la piel carbonizada. Así, su cuerpo posee esa resistencia cómica a la violencia que vemos, por ejemplo, en el de Don Quijote, pero en este caso la modulación es menos amable que en la novela de Cervantes:

“Rosario la sentó en el inodoro, la desnudó y le frotó el cuerpo con pañitos perfumados, al tiempo que la escuchaba descargar el estómago y sus óbolos nauseabundos chapaleaban al fondo del agua como si tuviesen vida propia. Cada vez que recorría aquel rostro consumido con la oreja derecha convertida en un muñón, los labios inexistentes y la nariz carbonizada, recordaba el momento en que ella misma le prendió fuego a la casa, ya que en aquella época también había pensado en deshacerse de la madre”. (15-6)

Increíblemente, después del intento de asesinato ambas mujeres siguen conviviendo en paz. Para aliviarle los dolores de las quemaduras a la madre, la hija pone en práctica la delirante medida de empujarla todas las tardes en su silla de ruedas hasta el frigorífico de la carnicería del barrio, lugar donde la carne humana y la animal, el cuerpo vivo y los cadáveres, se igualan: la deshumanización es, en el frío de esta cámara sellada, todo menos simbólica. Monstruoso y desfigurado, el cuerpo de la vieja se convierte en el objeto de una prolija descripción que se regocija con las formas, los colores, los olores y los sabores, transfigurándolo en la estrella de un auténtico show del asco y la deformidad, que se apoya, como notamos en la cita de arriba, en una prosa suntuosa, indecente y voyeurista, dedicada a escarbar en lo escatológico. Por si fuera poco, tiempo después del intento fallido de verla acabar sus días merced al fuego, Rosario tiene otra idea extravagante que, sin embargo, tampoco será exitosa: la lleva a dar una vuelta por el zoológico y, aprovechando un momento de soledad, la arroja con silla de ruedas y todo al estanque de los cocodrilos:

“Los cocodrilos se lanzaron al ataque casi al mismo tiempo, palpándola con el hocico, primero despacio y luego con presteza, excitados por el torrente púrpura que teñía el estanque y lo condimentaba con un sabor irresistible, dando bocados al alimento que se deshacía como hostias en sus colmillos”. (20)

A pesar del ataque masivo de los lagartos, la madre no fallece, lo cual no resulta sorprendente. La oración final del cuento, “aún estaba la madre”, propone una inquietante prolongación de la historia, en la que es posible imaginar a Rosario perseguida y atormentada por su inmortal Némesis, un cuerpo quemado y mordisqueado, cada vez más irreconocible, que, receptáculo de una fuerza implacable, le seguirá los pasos como un exterminador. De esta manera, se cuela en una historia sobre el desencuentro entre una madre y su hija, cuyo conflicto bien habría podido suministrar los ingredientes para una exploración intimista, el eco de un referente popular: el cine de acción con tintes futuristas y apocalípticos, representado por la saga de “Terminator”.

Como en “Diálogo del estanque”, la deformidad física como excusa para una estetización grotesca que permite un despliegue de virtuosismo verbal reaparece, aliada esta vez a la perversión sexual, en “El hombre lactante”.  El protagonista es un hombre que, gracias a una caprichosa malformación -la incrustación en su anatomía de un “horripilante” seno femenino-, se convierte sin pretenderlo en el artífice de un bizarro show erótico: sus clientes visitan una página web y pagan para verlo “ordeñarse” el seno por webcam. El hombre, más que atribulado por su situación, actúa, exageradamente, como si lo estuviera: cuando no hay dolor real, lo que lo reemplaza es el visaje. En este reino del gesto obsceno, la estética del espectáculo es indesligable del universo virtual del placer y del culto a la rareza. Por su lado, la prosa acata el ideal de la acrobacia, el truco estrambótico, la exhibición circense y morbosa de la destreza, como se aprecia en este pasaje masturbatorio en el que el seno femenino se comporta, curiosamente, como un miembro viril:

“Pareció entender la provocación, porque regresó a su asiento, miró hacia todos los costados para cerciorarse de que nadie más lo espiara y se desabotonó la chaqueta con discreción. La misma camisa blanca asomó nuevamente, hinchada como un globo aerostático, y el hombre, con el pudor que debió haber dejado de lado años atrás, extrajo un seno venoso, horripilante, con un pezón morado sembrado de pequeños lunares, el cual empezó a pellizcar, cerrando los ojos, y al cabo de unos minutos disparó un chorro blanquecino que desembocó directamente, con cierta elegancia, en uno de los vasos de brandy que reposaban frente a mí”. (64)

“Terapia de grupo” es también un catálogo de excentricidades sexuales, como se advierte en “Coja ahora mismo el teléfono”. La historia transcurre, como en los demás cuentos, en una ciudad que, sin ser nombrada como Lima, denuncia algunos datos de la cartografía limeña, como la abundancia de chifas (leer el desopilante “La pasión china”). El narrador en tercera persona relata las penurias sentimentales de la señorita Nuria, una profesora de colegio tan solitaria y desolada como Rosario, la insensible pirómana matricida. Para acompañarse por las noches, la señorita Nuria desarrolla el hábito de solicitar telefónicamente el envío a domicilio de unos preciosos muñecos de plástico, con los cuales “da rienda suelta a sus bajas pasiones”, como lo pondría uno de los narradores de Salvatierra, burlándose de sus propias palabras. Su felicidad nocturna es perfecta, hasta la noche cuando, estirando al máximo su magro presupuesto de docente, se decide a ordenar el mejor muñeco del stock, un auténtico “príncipe”, tal como ella lo llama. Quien se lo trae a casa es el delivery boy, un escuálido muchachito que, al ingresar a la sala, de buenas a primeras se desmaya y rueda por los suelos, “inconsciente, con los brazos y pies esparcidos de cualquier manera, como una marioneta abandonada” (73). La señorita Nuria, por supuesto, se alarma, pero al rato descubre al mandadero otra vez consciente y teniendo relaciones sexuales con un humanizado príncipe: el muñeco y el humano, el plástico y la carne, no parecen así tan diferentes. Cuando la clienta, naturalmente contrariada, le exige una explicación, el sujeto responde que está enamorado del príncipe. El narrador acota que “lo dijo con una convicción impresionante” (75), pero se trata de la convicción de un muñeco sexual: no hay pathos romántico ni sombra de sensiblería en esta declaración de amor.

Los lectores de “Terapia de grupo” vacilarán, me parece, entre tres posibles reacciones: pueden interpretar la ausencia radical de pathos como la prueba de que el libro es frívolo, que lo es, y ligero, que no me lo parece; en polémica con la acusación de ligereza, otros intentarán buscarle y quizá declaren haberle encontrado un secreto contenido profundo y edificante, un depósito de seriedad literaria. En otras palabras, un residuo de humanidad, una huella de psicología, que pueden conectar con su propia experiencia. Por supuesto, la primera reacción no nos lleva muy lejos, pero la segunda no respeta la naturaleza del texto: sería comparable, se me ocurre, a la bienintencionada pero ilusa tentativa de descubrirle un fondo moralizante a una película porno. Podríamos comparar a este segundo lector con el cura ingenuo de la película “El día de la bestia” de Alex de la Iglesia -cinta que, de hecho, participa de la sensibilidad cómico-grotesca de “Terapia de grupo”-, quien provoca una serie de desbarajustes por su incapacidad para interpretar la cultura popular utilizando las claves que ella misma brinda.

Rechazar ambas vías de lectura no implica, hay que aclararlo, negarle al libro todo valor ni todo sentido. En los cuentos de Dany Salvatierra, la intensidad del espectáculo de la violencia y el sexo transforma el cuerpo humano en el sitio de una sádica y esperpéntica performance verbal en la que la carne se torna materia verbal, desplegada sobre la superficie del texto, y el pathos abandona las catacumbas de la psicología a través del gesto. La prosa de Salvatierra es, como sugerí al principio, barroca en su estilo, pero sobre todo en su modo de figurar el vínculo entre el lenguaje y la experiencia: en una medida insoslayable, el primero informa y, por ende, produce a la segunda. Fuera del mundo ficcional de estos cuentos queda la suposición de que el lenguaje literario es una herramienta epifánica de acceso a una realidad extra-lingüística, que sólo puede ser conocida gracias a la literatura. Por el contrario, algunos libros entre los que yo mencionaría a “Terapia de grupo” proponen que la literatura se parece más a una pantalla opaca que expone y analiza su propia opacidad, que indaga en su construcción y, porque lo hace y en función de qué tan bien logre hacerlo, a lo mejor consigue proponer una visión refractada de la experiencia humana. Se trata de una visión y un conocimiento que no se brindan al lector siguiendo una vía abstracta, ni tampoco a través de un lenguaje engañosamente neutro, sino más bien como una revelación encarnada en la aventura de la imagen, en el evento de la palabra.

Terapia de grupo

Dani Salvatierra. Estruendo mudo. 2010


Escrito por

Iván Thays

Escritor peruano. Autor de las novelas "El viaje interior, "La disciplina de la vanidad" y "Un lugar llamado Oreja de perro".


Publicado en

Moleskine Literario

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